Soñé contigo

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Soñé contigo

 (Por Mariana Vernieri)

1. Cómo llegaste a mi vida

 

¡Qué alegría que tengas estas hojas en tus manos! Yo sabía que este día llegaría alguna vez, desde el principio tuve fe en que así sería, y ahora, al fin, las estás leyendo… No sé cuánto tiempo habrá pasado desde la fecha en que las terminé de escribir. Confío en que no sea demasiado tarde. Mis palabras están ya ante tus ojos, y eso es lo que más importa. Te ruego que sigas leyéndome hasta el final. Tal vez sientas un poco de desconfianza al principio, porque no me recordás, porque suponés que me estoy dirigiendo a otra persona o que estoy inventándolo todo, pero te aseguro que a medida de que vayas avanzando te irás reconociendo en estas líneas, y descubriendo en mi historia, la tuya propia. En este pedido de rescate que te hago, está también tu salvación: nuestra liberación, nuestro destino, es estar juntos. No te asustes… no intentaré hacerte ingresar a una secta satánica ni venderte un tiempo compartido. Seguí leyendo y ya lo entenderás todo. Un poco de paciencia nos puede cambiar la vida.

 

¿Por dónde empezar? Podría expresarte ya mis sentimientos, gritarte lo mucho que te necesito, contarte dónde estoy y pedirte que vengas a buscarme. Pero lo más probable sería que al leerme sonrieras con sorna, y dejaras estas hojas de lado, sin darles mayor importancia, creyendo que se trata de una extraña broma de mal gusto, o algo así. Por eso no tengo otro remedio que empezar a contarte todo desde el principio, y el principio es, sin duda alguna, el día en que te conocí. Siempre me he preguntado si te acordarás de aquél instante, que tanto, pero tanto ha marcado mi vida; si significó algo para vos, si al menos reparaste en mí. Fue una tarde de septiembre, el veinticuatro para ser exactos. Estabas en una librería de la calle Lavalle, con unos Jeans celestes, zapatillas, y una remera color Beige o natural con algún estampado en el frente. Acababas de comprar algo, que llevabas en un par de bolsas lisas, cuando yo entré a hacer unas fotocopias, vestida con el trajecito negro de la oficina, y nos cruzamos en la puerta. Vos salías… yo entraba… me clavaste la mirada, me sonreíste, y te alejaste bajo el sol inyectándome en el alma, por algún extraño motivo, una poderosa sensación de inquietud. Quedé descolocada, totalmente olvidada del motivo que me había llevado allí. Sentí que la sangre se me agolpaba en el rostro, que la vida me mostraba de golpe todo el misterio que me había sido vedado hasta el momento. No podía respirar, creí que iba a desmayarme… ¿Por qué me pasó eso? No tenía la menor idea. Fue una reacción muy extraña en mí. Apenas atiné a mirar hacia fuera y observar tu andar distraído, mientras te alejabas, razonando que no, nunca te había visto antes. Pero las manos aún me temblaban, y eso tenía que tener alguna explicación. ¿Sería tu belleza?, pensé. Pero eso no tiene sentido alguno, miles de hombres bellos se cruza uno en la vida, y eso no genera de por sí manifestaciones físicas y emocionales como las que a mí me aquejaron al verte. Además, es cierto que sos un lindo tipo, pero convengamos que tampoco estamos hablando de un galán de Hollywood, y, por más que lo fueras, a la mujer fría y centrada que era yo, eso no habría podido conmoverla. Sin duda había algo más, ¿pero qué?  La tan especial resonancia de nuestras almas, comprendo ahora, pero por aquél entonces esos conceptos me eran completamente lejanos. En la oficina tenía fama de ser escéptica, científica, hiper-racionalista. Solía discutir con mis compañeras de trabajo desde esta perspectiva. Especialmente con Cecilia, que era mi contracara en ese sentido. Ella venía siempre con cuentos de astrología, adivinos, tarot y telepatía, y yo, aunque intentaba mantenerme aislada de la temática para no entrar en conflicto, cada tanto me encargaba de poner en relieve la inconsistencia de todas sus supersticiones. Nuestras otras compañeras ostentaban posturas intermedias, pero más cercanas a su dislate que a mi raciocinio, y se reían a costa de nosotras ante cada debate. -¿Ustedes creen en el amor a primera vista?- Tuve ganas de preguntarles cuando subí con las fotocopias, luego de nuestro incidente, pero desde ya me callé. Decirlo hubiese sido una muestra de debilidad, pero pensarlo fue uno de los primeros síntomas de que algo estaba cambiando en mi interior. Procuré no pensar más en vos, dejar el asunto de lado, y seguir con mi vida como si nada, y lo logré por unas pocas horas, hasta la mañana del sábado, en la que desperté completamente acongojada por un sueño, si es que eso se puede llamar sueño. En él, me vi como una muchacha china en medio de la nieve, en la montaña. ¡Qué sorprendente fue la familiaridad que sentía estando en la nieve, siendo que nunca, jamás la he visto en persona! Su textura y temperatura me eran tan conocidas como mis rasgos orientales, y también los tuyos, ya que estabas a mi lado, como mi marido. ¿Cómo era tan claro que se trataba de nosotros si teníamos un aspecto totalmente distinto, y estábamos en circunstancias tan diferentes a las que en verdad nos rodean? No sé cómo ni por qué, pero la certeza fue absoluta: Esa pareja de chinos ataviados con gruesas túnicas grises que nos protegían del frío, éramos vos (el chico de la librería) y yo, con nuestro hijo de cinco años. Nos trasladábamos cargados con agua, alimento, y nuestras espadas, en una suerte de trineo de madera tirado por dos caballos. Nos guiaba un cochero, hombre de nuestra confianza, cuyo nombre sonaba algo así como Lyan Hanglei. Supuestamente un ejército de manchúes avanzaba hacia nuestra villa, y estarían arribando en unos dos días. Nuestros guerreros estaban preparándose en la montaña, dispuestos a defenderse del ataque con heroísmo y coraje. Pero necesitábamos encontrar un refugio para las mujeres y los niños, y Lyan Hanglei había descubierto una gruta que podía ser ideal para estos fines. Como líderes de la villa, seríamos los primeros en conocer el lugar y decidir si era o no el adecuado. Nos adentrábamos en las montañas desiertas, y una tormenta de nieve nos dificultaba el avance. En un momento, el cochero detuvo la marcha. ¿Estaríamos llegando? No alcanzamos a entender lo que hacía, cuando desató a los caballos, y empujó con malicia a nuestro carro, con nosotros adentro, hacia un precipicio… Comenzamos a rodar a toda velocidad cuesta abajo. El niño lloraba, vos le gritabas, enfurecido a Lyan Hanglei, quien nos observaba satisfecho desde arriba, palabras en chino que significaban “traidor” o “cobarde” yo temblaba de terror. Finalmente caímos en un claro de agua congelada, la costra de hielo se quebró, y nuestro carro se hundía, pero logramos a duras penas zafarnos de él y salir a flote. Estábamos lejos de cualquier borde o superficie sólida de la que pudiéramos aferrarnos. La ropa nos pesaba, y el frío nos quemaba la piel. Entre gritos, luchábamos por no ahogarnos, pero nuestros brazos y piernas se entumecían, y llegado un momento se hacía terriblemente doloroso intentar moverlos. Nuestros labios primero, el resto del cuerpo después, fueron tomando una patética tonalidad azulada. El fin era ineludible. El dolor se me hacía más insoportable aún al pensar que ustedes dos también estaban sufriéndolo, que vos sentirías una impotencia igual o mayor a la mía, y que él, Dios mío, ¡pobrecito mi pequeño Chu, que nada entendería del por qué de su sufrimiento! El odio me apretaba el corazón… ¿Cómo pudo Lyan Hanglei traicionarnos así? ¿Cuál fue su motivación para hacernos algo tan cruel? Quería volver atrás el tiempo, pero era imposible. No podía mantenerme a flote, no sentía ya el brazo con el que sostenía a Chu. En un último esfuerzo, lo dejé, inerte, sobre tus hombros, no quería siquiera ver si ustedes seguían vivos o no, nadie gritaba ya, mi fuerza se extinguía, y me dejé ir. Quedé flotando en la angustia de ver apagarse, junto a mi vida, la de las dos personas que más había amado. Así fue cómo desperté, con un gran dolor en el pecho y una piedra en la garganta. Me senté en la cama, ¡fue todo tan real! No parecía un sueño, estuve ahí realmente…estaba segura, tanto que para desahogarme necesité pegar un gran grito, y luego llorar desesperadamente, como no lo hacía hace años. Aferrada a mi almohada, lloré y lloré hasta no poder más, sin lograr despegarme de los sentimientos que me acosaban, del recuerdo del dolor agudo, de la muerte, de la impotencia. Nunca me había puesto así por un sueño. Jamás tenía pesadillas, ni siquiera experiencias oníricas fuertes o remarcables. Mis sueños eran comunes, de pocas escenas, imágenes inconexas, nada que destacar. Pero éste fue distinto, se pareció más a un recuerdo real que a un sueño. Me hizo acordar a las experiencias que relataba Cecilia sobre retornos a vidas pasadas. Ella seguro pensaría, si yo le describiera la situación, que se había tratado de una regresión verdadera y no de un sueño, pero yo no creía en nada de esas cosas. Sin embargo, por escéptica que fuera, no podía dejar de creer en lo que yo misma había experimentado. Lo que me pasó fue real, asimilaba, mientras retomaba el latido normal de mi corazón y me preparaba un café, alienada en mis pensamientos.  

 

Me habría hecho bien contarle a alguien lo que me pasaba, pero no tenía a quién. Mis compañeras de trabajo, aunque fueran las personas con las que más trato tenía día a día, estaban descartadas. Mi relación con ellas no era de verdadera amistad. Me he enterado varias veces de reuniones extra-laborales a las que omitieron invitarme. Seguramente me veían como la antipática del equipo, siempre pugnando por bajar el volumen de la música o poner la FM clásica, y  recordándoles que allí vamos a trabajar y no a parlotear. También era la más eficiente, y por tanto la preferida de la jefa, lo que les despertaba un cierto rechazo hacia mí, ¡envidiosas!  -me decía sin darme cuenta que casi regaba mis plantas con la taza de café en lugar de la jarrita de agua- y a Norberto, mi psicólogo, no lo vería hasta el jueves próximo. Podría llamarlo por teléfono, pero eso es algo que nunca había hecho en los tres años que llevaba de terapia, por ningún motivo. No me gustaba ser de esas pacientes molestas que por cualquier cosa acuden a su analista fuera del horario de consulta. Y ésta no sería la primera vez, ya el jueves lo hablaríamos. Mientras tanto debería guardarme mi angustia para mí sola. Llamar a mi familia a Misiones por esto habría sido un sinsentido. Desde que me vine a la ciudad a estudiar contabilidad, en medio de una guerrilla familiar por cuestiones de injustas preferencias, con un trasfondo económico y afectivo, fui perdiendo contacto con ellos al punto que, en el último año, ni siquiera llamé a mis hermanos para sus cumpleaños, y a papá lo saludé por el día del padre dos días después de la fecha. No tenía amigos, y nunca mantenía relaciones estables con ningún muchacho, de eso siempre hablábamos con Norberto en las sesiones. Tal vez estés pensando que el hecho de que hiciera terapia para tratar el tema era signo de que sentía la necesidad de cambiar algo en mi vida, pero de ser así, lo era muy en el fondo. Todo lo que hacía en mis sesiones era defenderme. Intentaba mostrar que así estaba bien, que era una solitaria feliz, que no necesitaba a nadie. Estaba prácticamente convencida de esto, y vivía conforme con la tranquilidad de mi rutina ordenada, hasta que te conocí, y a partir de entonces empezaron a pasarme cosas, como este primer sueño, que provocaron en mi vida un giro de ciento ochenta grados. ¿Te suena conocido algo de lo que te cuento? Aquella época remota, la nieve, la sensación de morir congelado… ¿Tuviste algún sueño o experiencia que recuerdes relacionada con esta historia? ¿Te movilizó algo leerla, alguna sensación de lejano recuerdo? No sé si en persona serás tan escéptico como yo solía ser, o si tenés tendencia a creer en estas cosas con facilidad. Pero sea como sea por favor no pienses que te voy a contar un par de sueños, y preguntarte si te identificás con ellos y quedar ahí. Creéme, la cosa va mucho más allá. Te ruego que me sigas leyendo, es necesario para que entiendas cómo llegué a donde hoy estoy, y cómo vos, sin saberlo, llegaste a donde hoy estás.     

 

Para despejarme, me dispuse a reordenar mi colección de CDs de música clásica por orden alfabético, que en aquél entonces los tenía ordenados por color. Amaba ese tipo de actividades, eran capaces de hacerme olvidar cualquier angustia. Pero antes, como todos los sábados, me conectaría unos minutos a Internet para revisar mis emails de la semana. Mientras se cargaba el windows, y se abría mi bandeja de entrada, no podía alejar de mi mente las imágenes de la nieve, del dolor y de la muerte. Y trataba de entender por qué vos estabas a mi lado en ese sueño, una persona a la que vi una sola vez, apenas unos segundos, y sin embargo te soñé tan cercano, tan amado… ¿Por qué me pasa esto ahora?, suspiré, “¿Por qué te pasa esto ahora?” decía el banner azul en mi pantalla. ¿Leí bien? Sí, ¡decía eso!, y se cargó justo luego que terminé de pensarlo. No recordaba haberlo leído nunca antes, tal vez inconscientemente lo hubiera visto otro día, quién sabe, parecía una señal. Claro que yo no creía en señales, pero la casualidad fue tan grande no pude evitar caer en la tentación de entrar en esa página a ver al menos de qué se trataba. Era un sito informativo de la fundación “Holos”, que como era de imaginarse, trataba de diversas doctrinas paranormales y new age, tan de moda en esta época. Entré a un link sobre vidas pasadas: nada sorprendente en lo que leí, lo único nuevo es lo que yo había vivido, que cambió el color del cristal con el que miraba lo que leía. Seguí recorriendo un rato más el sitio, entre desconfiada y culposamente interesada, y llegué a la agenda de actividades, repleta de propuestas de lo más variadas. Llamó mucho mi atención notar que la dirección de la fundación era a sólo dos cuadras de mi oficina ¿Otra señal? Tal vez un día me atrevería a pegarme una vuelta por allí. Tal vez en ese lugar pudiera encontrar un marco en el que comentar mis experiencias con alguien imparcial, capaz de comprenderme sin juzgarme. 

 

Ese día llegó más pronto de lo que me imaginaba. El lunes, mi jefa entró a la oficina loca de contenta, irreconocible, cantando y bailando como una adolescente enamorada. ¡Santiago me propuso casamiento! Nos contó feliz, y nos dijo que, para festejar, esa tarde podíamos irnos a casa más temprano, a la hora del almuerzo. Entonces ya que estaba tan cerca, y con tiempo libre, decidí pasar por aquel lugar. Entré con timidez, pensando en qué diría si alguien me venía a preguntar a qué había ido. Pero no había nadie en el escritorio de la entrada, y en cambio había unos cuantos folletos de actividades, como las que ya había visto en la web. Tomé un papel de cada uno, y empecé a leerlos cuando llegó la chica, y me dijo amablemente -¿Venís a la meditación?- Sin pensar en nada hice un gesto que al parecer pasó por un sí, porque me dijo -Está por empezar, te acompaño, es por acá. Es la primera vez que venís, ¿no?- Le sonreí mientras atravesábamos el pasillo – Sí, es la primera vez, gracias, ¿me contarías un poco de qué se trata?- Me explicó muy brevemente que era algo muy sencillo, sólo debía sentarme en una posición cómoda, relajarme, y seguir las palabras de la profesora. Entré al cuarto, apenas iluminado por una luz tenue, y me encontré con unas diez o doce personas, que en su mayoría ya se encontraban sobre sus colchonetas, con las piernas cruzadas y las manos sobre las rodillas. Me ubiqué hacia el fondo, e imité su postura, y al minuto la profesora tomó su puesto en el pequeño escenario y comenzó a guiar la meditación. Su voz era tan exageradamente pausada que me causaba gracia. Tenía miedo de echarme a reír y que me sacaran corriendo de aquél lugar. No se oía un solo sonido fuera de la voz de la profesora, todos parecían tomárselo en serio, comencé a sentirme ridícula. Quería levantarme e irme, pero si hacía ruido tal vez se enojaban conmigo. Ya estaba ahí, y ahora tenía que bancármela. Sólo esperaba que no se hiciera demasiado largo. Quise concentrarme un poco, pero cualquier sonido me tentaba y debía concentrarme antes de cualquier otra cosa, en no largar una carcajada. Pero al rato el divertimento se vio bruscamente reemplazado por la incomodidad. Me dolía la espalda en esa postura, necesitaba moverme. Miraba de reojo a los demás y seguían inmutables en sus lugares. ¿Qué hago, me voy? Pensaba, intentando no resoplar, pero mi vergüenza de pararme e interrumpir la sesión era más fuerte, así que aguanté lo más que pude, con mi mayor paciencia. Superada mi sensación de incomodidad, prácticamente me quedé dormida del aburrimiento, cuando sentí que alguien me ponía la mano sobre el hombro. -¿Puedo ayudarte en algo?- Me preguntó despacito. No era la profesora sino otra mujer, de unos setenta años, pelirroja, y vestida con una túnica blanca tipo marroquí. No la había escuchado acercarse y me sobresalté con su pregunta. Miré para todos lados, temerosa de interrumpir la concentración de los demás. – No te preocupes, no sos escuchan, están en otra dimensión – me susurró – contame qué te trae por aquí, a ver si puedo hacer algo por vos – Aliviada de poder abandonar la quietud y aquel silencio abrumador, y sorprendida de la poderosa concentración del resto de los asistentes que ni parecían inmutarse ante nuestro diálogo, estiré los brazos, me acomodé, y comencé a contarle a la simpática desconocida, que enseguida me despertó confianza, nuestra historia en voz muy bajita. Me invitó a levantarme un rato y caminar por la sala, asegurándome que nadie lo notaría, y así paseábamos desapercibidas por entre las colchonetas, mientras le relataba el encuentro en la librería, primero, el sueño de la nieve, después. –No entiendo por qué un encuentro insignificante con un chico cualquiera en un lugar cualquiera me marcó tanto como para generarme un sueño de estas características. Me gustaría volvérmelo a encontrar para sacarme la duda, tal vez fue algún tipo de presentimiento- le dije- pero no tengo la menor idea de cómo localizarlo. Se quedó pensativa unos instantes, antes de darme su consejo, el cual me dejó realmente descolocada: ¡Deberías dibujarlo! – fueron sus palabras – ¿Dibujarlo? ¡Pero yo no sé dibujar! Soy de madera en todo lo artístico, no es lo mío, no me parece una buena idea. – Pero lo es, te doy mi palabra. Además sí que sabés dibujar y pintar muy bien, aunque ahora no lo creas, hacé la prueba, y verás cómo él viene hacia vos. Te lo dice una vieja que sabe más por vieja que por sabia.- La estaba escuchando, un tanto descreída, mientras la profesora seguía describiendo con su voz melosa un paisaje de pradera, con flores maravillosas y pájaros cantantes, pero me distraje al ver un gran marco vacío en la pared del frente de la sala. No lo había notado antes, qué extraña decoración, ¡qué ridículo, un marco vacío! –pensé- ridículo acorde a todo lo de este lugar- y me di vuelta para contestarle algo a esta mujer que con toda seriedad me sugería que te dibuje, como si eso tuviera todo el sentido del mundo. Pero ya no la vi. ¿Se fue a sentar? No me di cuenta, y di una ojeada a los asistentes a ver si la ubicaba entre los que estaban meditando, mas no la encontré. Miré de vuelta, con mayor detenimiento, y me llamó la atención una chica que estaba de espaldas a mí, con una camisa igual a la mía ¡Y también mi mismo pantalón! Me fui acercando despacito, para mirarla mejor, y entonces descubrí paralizada que también tenía mi mismo peinado, y mi misma cara… ¡era yo! Estaba sentada en la colchoneta, y al mismo tiempo parada, observándome desde afuera. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. ¡Con razón nadie nos escuchaba, estaba fuera de mi cuerpo! Llevé una de mis manos hacia la otra, y las dos se atravesaron con suavidad. Estaba en una forma inmaterial y un momento antes ni siquiera me había dado cuenta. No me sobreponía de mi asombro cuando oí que la profesora anunciaba que lentamente iríamos volviendo a la conciencia normal, y comenzaba una cuenta regresiva. 10, 9, 8… de a poquito vamos retomando el ritmo de la respiración, 7, 6…me miré a mí misma, me acerqué, me toqué, me fui arrodillando al lado de mi colchoneta, 5, 4… me acomodé en la misma postura de mi cuerpo, superponiéndome con él, 3, 2, 1… abrimos los ojos, suavemente, respiramos hondo, ya estamos de regreso, todo es paz, y felicidad. Nos desperezamos son suavidad… el que quiera puede bostezar, y algunos aplaudieron entre risitas. Quedé fascinada con lo que me ocurrió ¡Y yo que estuve a punto de abandonar la meditación desde el principio por sentir que era algo absurdo e inútil! Menos mal que aguanté -me reconfortaba- ¡fue una experiencia alucinante!  Ahora que había regresado, algo se oía distinto, o se sentía distinto en el aire, más normal, más concreto. En la pared obviamente no había ningún marco vacío, y no existía señora de pelo rojo por allí. Fuera de eso, todo -incluso cada una de las personas en sus respectivas ubicaciones- era exactamente igual a como lo había visto en mi ensoñación. -¿Alguien quiere compartir o comentar algo sobre su experiencia de hoy? – ofreció la profesora. Y yo me debatía entre el deseo de expresar lo que acababa de vivir, y la timidez de hacerlo. Finalmente pasó la oportunidad antes de que pudiera decidirme. Otros contaron sus sensaciones, y luego, de a poquito todos fueron abandonando el lugar. Me fui caminando lento, contenta y suspirando. De algún modo esta experiencia tan novedosa me ayudó a sacarme el sabor amargo que me había dejado el sueño del sábado. ¡Cuántas cosas extraordinarias había por experimentar! Me llevé el folleto con los horarios de meditaciones. Sin duda, tan pronto como pudiera, regresaría a practicarlas.  


 

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