David Faierstein (Por Gabriel Stilman)

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I

 

Considero que tengo cierta autoridad para escribir sobre él porque de alguna manera he participado de su historia. Cómo olvidar su rostro sombrío, sus ojos negros impenetrables, su andar impreciso, si cada tanto aún lo veo.

Hay sueños que visitan nuestras noches con regularidad. Sueños de los que se desprenden furtivos retazos que se aparecen en las horas de vigilia, entrañables y borrosos. Ciertos sueños que lo marcan a uno y que uno, al final, aprende a querer.

Con frecuencia sueño que vago por el país de las melancolías eternas. Es aquel un sitio encantador en donde a cada rato te invade un sentimiento de tristeza. La noche es permanente y por lo tanto es lo único que conocen los oscuros habitantes del lugar. El cielo negro, salpicado de fulgorosas estrellas rojas y amarillas regala una luna mucho más blanca y expresiva de la que te has acostumbrado a ver. La luna y las estrellas son las únicas fuentes de luz que se vierten sobre el territorio. Pero es suficiente para que pueda distinguir las siluetas y los rostros de los caminantes: niños y niñas increíblemente pálidos que van y vienen sin rumbo fijo, humedeciendo el suelo con sus espesos lagrimones de tristeza.

Participo del sueño sólo de una manera indirecta, casi accidental. Soy un visitante que se oculta de todos. Temo ser sorprendido y me siento solo. (Cierta vez, creí ver la sombra de alguien, extranjero como yo, yendo y viniendo a hurtadillas por entre los sauces del lugar. Es curioso, porque uno en los sueños no se asusta de cosas semejantes; sin embargo, en aquel momento mi corazón retumbó y me sentí horriblemente agitado. Aquella noche desperté sudando y no pude volver a dormir hasta que amaneció).

Cualquiera sabe que en algún rincón desconocido del país habita el coro de las penas eternas. El coro está integrado por siete chiquillos y siete chiquillas destinados para siempre a entonar melodías lastimeras que se prolongan sin solución de continuidad. Serafines y querubines de este mundo, ellos y ellas habrían sido elegidos para desempeñar esta tarea en mérito a sus hondísimos pesares y por lo inquietantemente amargo de su llanto. Aunque voy siempre escondido hay veces en que por azar alguna mirada se detiene en mí. Entonces siento un profundo escalofrío; los ojos de los chicos tristes son sin duda los más maravillosos que hay.

No todo es lúgubre en el país, sin embargo. De ser los sentimientos de tristeza permanentes y absolutos, los habitantes terminarían acostumbrándose a ellos, perdiéndose así el sentido de su existencia.

Por eso, cada cierto período de tiempo llega una doncella joven y hermosa que hace felices por unos breves momentos a los pobladores del lugar. Lucila -este es su nombre- es una tierna adolescente de diecisiete años que ama a estos niños y es profundamente querida por ellos. Llega descalza, luciendo un finísimo vestido de seda blanca casi transparente, que dibuja tantas curvas como las de su cuerpo. De ojos verdes y pestañas sobresalientes, es más bien alta; sus cabellos son castaños y espesos, bien lacios, y se prolongan hasta su cintura. Según se cree, vive en una montaña en los confines del país. Su llegada es anunciada por el coro, que entona un himno especial para la circunstancia. Cuando se sabe que está próxima a regresar a su incierta morada, legiones de pibes la persiguen corriendo tan rápidamente como sus piernas se lo permiten. Pero al estar todo tan oscuro y al saber ella volar, invariablemente se les pierde en la lejanía. El coro solloza y su estremecimiento traspasa las mismas fronteras del país y de mi sueño, y un dejo de angustia y añoranza se cierne sobre el resto de mi jornada. No habrá cosa mejor en el mundo que ser amado por ella.

El tiempo parece no transcurrir en este sueño. Todo permanece siempre igual, o casi igual. Hay rostros que ya aprendí a reconocer. Algún día -siempre digo lo mismo- saldré de mi rincón y le hablaré a alguno de ellos. Entonces, podremos intercambiar nuestras desdichas sin vergüenza.

 

II

 

Por lo que yo contaba en nuestras sesiones de terapia grupal, David Faierstein supo de mi sueño y de algunas de sus circunstancias.

Era de esas personas a las que no resulta sencillo acceder, aunque probablemente muy pocos tuvieran interés en hacerlo. A simple vista se hubiera dicho que era profundamente aburrido, se hubieran ignorado las devastadoras batallas que tenían lugar en su interior, no se hubiera intuido la desolación y el estremecimiento. Sin embargo, la notable negrura de sus ojos inescrutables lo delataban frente a mí.

Siempre tuve la sensación de que había algo que quería decirme. Las breves caminatas que hacíamos todos los jueves hasta la avenida eran las únicas ocasiones en que intercambiábamos algunas palabras vagas. Aunque con temor y sin poder encontrarnos, nos buscábamos mutuamente. Era de cuerpo y carácter débiles y por eso vivía escondido en sí mismo. El tedio como consecuenia de la tristeza y el desencanto, el desgano, la hosca parquedad, dominaban cada uno de sus comportamientos, de sus palabras y de sus omisiones. Su filosofía parecía ser la de que en esta vida nada podía tener sentido. Era joven pero tenía alma de viejo. Era infeliz; sin duda este mundo no había sido inventado pensando en él. Por todas estas cosas, aunque él quizás jamás lo haya presentido, yo lo apreciaba como a un hermano mayor.

Al fin, un anochecer en que ya nos despedíamos, me rogó que le comentara sobre la protagonista de mis sueños. La súbita inquietud me sobresaltó.

-Es solamente un personaje onírico, -contesté fingiendo permanecer distraído y continué silbando. No tenía ganas de hablar de todo aquello.

Faierstein insistió.

-Contáme como ves vos a Lucila.

Esta vez dejé de silbar para siempre. Había quedado fuertemente impresionado ante el hecho de que el muchacho hubiera pronunciado aquel nombre que no recordaba haber referido jamás delante suyo ni de nadie. El se dio cuenta del efecto de sorpresa que me había producido la mención. Nos miramos durante un tiempo, como desafiándonos. La fealdad de su rostro era evidente; sus facciones desaliñadas merecían la compasión. Anticipándose a cualquier cosa, dijo:

- También soñé más de una vez con el país de los tristes y vi de cerca y me enamoré de una hermosa mujer de nombre Lucila. Ahora sé que mi presentimiento era acertado. Ella existe y está en alguna parte. ¡Existe!

-Eso es imposible, te estás burlando de mí...

Pero aquel minúsculo hombrecillo no se hubiera animado a burlarse de nadie. Silbó una tétrica cadencia de notas musicales que al principio no reconocí. Luego sí, estupefacto, comencé a sentir la antigua famialiridad de aquella melodía y fue como si el coro del país se hiciera eco en lo más hondo de mi cerebro. Sabía que mi rostro se encontraba palidísimo; sentía que me estaban ultrajando. Con la mkada perdida en algún lejano punto del cielo y presa de una extraña energía inusitada en él, concluyó:

-Yo sueño tu sueño, vos soñás el mío. El hecho es que el país existe y Lucila lo mismo. ¡Existe!

Y mientras gritaba cada vez con mayor ahínco se subía bruscamente a un colectivo que apenas se había detenido y se alejaba luego a gran velocidad, dejándome perplejo y hablándole a los postes.

Consideré la rarísima casualidad de dos personas que sueñan un mismo sueño que se desarrolla en un mismo lugar y tiene como protagonistas a idénticos personajes. Dos sueños con un mismo nombre, dos sueños con iguales melodías. Todo esto, claro, podía implicar que el sueño se objetivaba en el mundo; el sueño ya no sería un fruto aislado de una imaginación, sino que tendría cierta conexión con el mundo real.

Aterrorizado, vi como se dibujaba en mi mente aquella sombra extraña que tanto me había perturbado cierta noche.

Cuando volví a encontrarme con Faierstein tuve oportunidad de confirmar lo que creí su estado de locura. Con locuacidad y entusiasmo me confió lo que llamaba su "razonamiento":

-Si me convierto en el ser más lóbrego, si consigo atormentar mi corazón de tristezas, si en las noches mi llanto no cesa, si logro exaltar la melancolía en mi alma como es exaltada en los sueños, entonces, Lucila vendrá a mí.

Contemplé la posibilidad de establecer un puente verosímil entre el mundo de los sueños y el real. ¿Cuál está incluido en cuál?, llegué a inquirirme con impertinencia. ¿Qué significa que un sueño no es real? ¿Y qué queremos decir cuando decimos que tal cosa sí lo es? ¿Hacer ingresar la realidad de un sueño en esta realidad? ¿Yuxtaponer sus personajes?

El hecho concreto es que David Faierstein se abocó a la tarea de hacerse un hombre triste, mucho más de lo que ya era. Ideó varios procedimientos, tal vez más ingeniosos que efectivos, porque se sabe que conseguir sentirse triste es tan difícil como tratar de sentirse alegre.

Periódicamente asistía a funerales en los que nada tenía que ver y lloraba amargamente junto a los familiares del desconocido.

-Fuimos íntimos amigos en la infancia..., -era su invariable respuesta ante la tímidas preguntas de las viudas y los hijos del finado. Reprimía la risa ante cualquier ocurrencia divertida. Llegaron a convocarlo a varios concursos de humoristas, en los que se premiaba a quiénes lograban hacerle esbozar una sonrisa. Vestía de negro. Vivía de noche. Destruyó los dos televisores que tenía, arruinó el equipo de música, quemó las láminas que adornaban su vivienda y arrojó por la ventana las revistas de historietas cómicas. Más tarde se sintió profundamente entristecido por todas estas pérdidas. Se acercó a los inválidos, a los hombres venidos a menos, a los quebrados, a las madres que perdieron a sus hijos, a los ancianos. Al principio, fue a ellos creyendo que al fin encontraría a quienes no reniegan de la oscuridad. Luego, con cierto dolor en el alma, comprendió que nadie desea más luz y alegría que un hombre triste.

-Ah...si yo fuera Luis Miguel...,-una vez le susurró al oído un viejo postrado.

Nadie busca permanecer en la lobreguez, admitió para sí una noche. Aun el mismo Séneca hubiera preferido una torta de chocolate antes que un desengaño. Y sintió, enfurecido, que su cometido adquiría mayor mérito y nobleza.

Lucila está de camino, se decía a sí mismo, y volvía a secarse los lagrimones.

 

III

 

Hacia fines de julio dejó de venir a terapia y consecuentemente, dejé de verlo. Supimos que había caído en cama y se encontraba débil. Muchos comentaron que sufría de anemia, aunque nadie sabía a ciencia cierta que era lo que padecía. Callé mi certeza, feliz de que estaba consiguiendo lo que se había propuesto: David Faierstein estaba esencialmente enfermo de tristeza.

Me ocurrió que asistir a las reuniones de terapia perdía poco a poco todo su sentido para mí. Tardíamente comprendí que lo que me llevaba allí era fundamentalmente la oportunidad de mantener algún contacto con él. Extrañamente, añoraba a mi supuesto compañero de sueños. Varias veces me propuse ir a visitarlo al hospital en donde ahora estaba internado. Pero siempre me detenía el pensamiento de que a él mi presencia le resultaría completamente indiferente. Además, después de todo, ¿cuál era mi propósito concreto en ir a verlo?

A mediados de septiembre nos enteramos que había muerto. Aunque realmente no trataba con ninguno de nosotros, creo que el pesar fue general y profundo.

Durante varias noches lloré de miedo y de dolor, sin poder dormir y sin saber bien porqué. Reminiscencias suyas y de sus inquietudes, fragmentos de mi sueño, imágenes de sus personajes y de la sombra, premoniciones indefinidas, se confundían en un cóctel perturbador que alteraba extrañamente mi ánimo. El insomnio llegó a enloquecerme durante varias semanas.

Hasta que cierta noche, cuando al fin pude regresar allí y reencontrarme con las estrellas amarillas y los rostros pálidos y las tristes melodías y los sauces en llanto, andando y vagando pude ver como en un rincón del bosque, ocultos y encantados, se besaban Lucila y David, con pasión loca y antigua.

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