EL FESTOLESO (fragmentos de Crónicas Nocturnas) Lina Bucher

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Esa noche, antes de dormir, pedí por favor tener un contacto con el mundo de los sueños. No se lo pedí a nada ni a nadie en particular, pero mi deseo de contactar mundos sutiles era tan ferviente que tuve fe an que algo o alguien me ayudaría. 

—Quisiera encontrar una señal —pensé—, en mi mesita de luz tan repleta de cosas quizá haya un libro que me la de.

-Así llegan las cosas de otros mundos-, me habían dicho. Hay señales por todos lados: en el viento, en los libros, en el vuelo de los pájaros, en los presentimientos. La materialización de lo astral y la intersección entre mundos es inminente, como tantas cosas que de tan obvias, no se ven.

Al día siguiente debía salir en el barco de las siete. Me desperté varias veces durante la noche por temor a quedarme dormida, casi se podría decir que dormía con un ojo abierto y otro cerrado. Una de las veces que desperté, alguien pasó cantando cerca de la ventana con voz fresca y agradable. 

 

“Cuando se ha puesto una vez el pie del otro lado

y se puede sin embargo volver,

ya nunca más se pisará como antes

y poco a poco se irá pisando de este lado el otro lado.

 

El otro lado es el mayor contagio.

Hasta los mismos ojos cambian de color

y adquieren el tono transparente de las fábulas.”

 

Quien cantaba era un hombre, y lo hacía con acento extranjero: la poesía era de Roberto Juarroz, yo misma solía recitar esa y otras tiempo atrás. Me pregunté quién le habría puesto música. 

Con una hermosa luz ámbar se anunciaba el sol, que siempre casi rojo se hacía visible en aquellas latitudes tropicales. Había nubes azules en el cielo cerca del horizonte, lo que aumentaba el contraste y maravilla de colores.

Me levanté, salí de la casilla y empecé a caminar. Cuando llegué al puerto me sorprendí de no ver ningún barco. Me impacienté porque un amigo mío, Manuel, me esperaba río abajo en menos de una hora. Debía viajar de alguna manera pero no veía cómo.

Sin proponérmelo me elevé en el aire y volé por sobre el río que parecía una serpiente.

A mitad de camino se me acercó un ser extraño. En lugar de pies, al final de sus piernas tenía unos tubos , de los que brotaba una luz tenue. Se llamaba “Festoleso”, según me informó una voz muy clara que parecía estar dentro de mi cabeza. El Festoleso me molestaba un poco, se me ponía muy cerca y entorpecía mi vuelo. La voz me dijo también que el Festoleso era parte de mí. Que por ciertos disturbios emocionales, una cantidad de energía había salido de mi cuerpo y lo había conformado. Al saber esto y recordar las historias teosóficas acerca del "elemental del deseo", no lo pensé demasiado: me puse cerca de él, y el Festoleso, que ahora era casi transparente tarareó para mi sorpresa la poesía de Juarroz y luego entró por mis pies y se incorporó a mi cuerpo.

 

Desde lo alto avisté la casa de mi amigo, quien sabía mucho acerca de los sueños y ese día iba a enseñarme sus últimos descubrimientos: había encontrado la manera de llegar a templos muy antiguos, verdaderas universidades astrales y otros sitios de aprendizaje cósmico. 

Para ese momento las nubes azules se habían adueñado del cielo. No había nada de viento y el aire era cálido y agradable. 

Apenas llegué, noté a Manuel bastante preocupado, y antes de que pudiera contarle la historia del Festoleso, él dijo:

—En mi casa hay una invasión 

—Ah… ¿Una invasión de qué?

—De ratas. Pero no ratas comunes, otro tipo de ratas, más finas. Y caballos, y hay niños en los caballos. Espero no tener que criarlos yo. Y no puedo darme cuenta de si estoy dormido o si estoy despierto, y eso que me esfuerzo mucho.

—Eso sí que no lo sé. Lo que sí habría qué ver, es qué simbolizan esas cosas para vos.

Una de las niñas que revoloteaba alrededor nuestro hizo un helicóptero de alambre y me lo regaló, y luego junto a los caballos y los otros niños correteó por el parque. Manuel los miraba desconcertado.

—No es la primera vez que escucho un relato de ese tipo— dijo después de escucharme —. Mi padre una vez me contó que en una etapa de su vida había dos espíritus que se metían en su cuerpo. Uno era bueno y agradable, el otro no tanto. Le entraban por los pies, pues parece que en estos, por ser la base del cuerpo, hay una puerta. Mi padre los sentía llegar y por varios días ellos lo acompañaban a todos lados. No hablaban, y a su modo él los sentía como una compañía. Nadie lo sabía. ¿A quién podía contarle eso mi padre, un ser tan racional, matemático y tímido?, aunque era innegable que era sensible. Además, según dijo también, eso no era un problema. Las presencias no interferían en su vida cotidiana. Él pensaba que le afectaban tanto como le interfiere a un árbol que alguien se siente debajo de su copa a disfrutar de su sombra.

 

Un trueno muy fuerte interrumpió el discurso de Manuel. La casa empezó a moverse como en un terremoto, y me pregunté con curiosidad si moriríamos. Después de tantos sueños de catástrofes había aprendido a tomar el tema con liviandad, a no apegarme al plano físico y a aceptar lo inevitable con naturalidad.

Minutos después la casa paró y todo, incluidos nosotros, dejó de bambolearse. Aliviados salimos al patio y sentimos el aire ahora frío y un granizo exquisito cayendo con suavidad. Al elevar la vista al cielo me sorprendió ver que era de hielo. Un helicóptero lo iba rompiendo, y según Manuel era así como se originaba el granizo. Luego alguien saltó del helicóptero en paracaídas hacia donde estábamos. Nos quedamos paralizados, hasta que escuchamos el ruido estridente de algo golpeando en el piso. Corrimos a ver y Manuel dijo:

—Lo que sigue es para ti. Estoy seguro, como los caballos, las ratas y los niños son para mí. Es una manera muy extraña de recibir señales. Tendrás que ir a ver.

Un tanto temerosa caminé y vi a un insólito ser, una mujer, de cuerpo muy largo, color marrón, con las piernas muy cortas. Al momento silenciosa y casi imperceptiblemente aterrizó a su lado una especie de nave. A punto de entrar en pánico me serené y me dije para darme valor:

—Voy a darle a este ser, sea quien sea, lo mejor. No puedo recibirlo con miedo ni con nada malo.

Me relajé, empecé a meditar y a sentirme muy bien.

 

—¿Quién eres? —preguntó la mujer al abrir los ojos.

—Soy Lina Bucher.

Ella se tocó el brazo y dijo:

—Mira, yo también tengo piel, y también soy Lina.

Me pareció recordar algo muy lejano. Sentí una confianza nueva en mí misma y ganas de alejarme, sobre todo porque parecían surgir personas y seres extraños de todos lados.

Caminé por la vasta llanura que se extendía a mis pies, quería estar tranquila y poner en orden mis pensamientos, y comprender el significado de ese torbellino de experiencias. Pensé que probablemente todo había sido un sueño, pero que aun en ese caso era notable haber encontrado el mismo día a dos seres que parecían ser parte mía. Me pregunté cuál sería mi verdadera identidad y si alguna vez estaría en condiciones de conocerla.

Un granero abovedado llamó mi atención. Me acerqué y en un salto estuve sobre su techo. Me sentía fuerte, y una sed de colores, sonidos y aromas me invadió. Todo se sentía con intensidad allí.

Pero inesperadamente, mientras llenaba a pleno mis pulmones, el granero remontó vuelo, y a cada momento aumentaba la velocidad. Tuve mucho miedo de caerme, dado que el techo no era plano, pero pronto me estabilicé y me acostumbré al vuelo. A lo lejos divisé una ruta. Quería ver los hermosos colores de los autos y sus sonidos, y pensé que como otras veces quizá apareciera el mar en mi camino. 

Lo que apareció fue la voz de Manuel, aunque él no estaba conmigo

—Los verdaderos sueños enseñan de las restricciones, los que cumplen deseos son los de Hollywood. La memoria cuesta tanto y se escapan los sueños como pájaros. Uno los tiene un momento en su mano, y es dueño de su preciosa fragilidad, y al momento la mano se abre y allí se fue el sueño, con alas, tan lejos. Historias enteras se esfuman al abrir los ojos, y uno sabe que la tenía hace un segundo, y queda una sensación, o un nombre, o una emoción. Pero es nada comparado a lo que había. ¡Ay memoria, memoria! Hay muchos mundos llamados ‘mundos sagitales’, mundos que existen en el nuestro, que hay que saber mirar porque está todo ahí. 

—Ah Manuel —dije aunque él no estaba allí—, muchas cosas han sucedido hoy ¿me ayudarías a captar su significado?

Pero Manuel, desde donde sea que estuviera, dijo que no me preocupara por las explicaciones y me felicitaba por haber vuelto al mundo de los sueños.

—¡Qué bueno que hayas contactado tu verdadero mundo nuevamente! 

 

Esa tarde, mientras esperaba la llegada de los barcos y las golondrinas en el puerto, intenté ponerle melodía a otra poesía de Juarroz. Si el Festoleso lo había hecho, entonces quizá yo también podría.

 

“Pensar es una incomprensible insistencia,

algo así como alargar el perfume de la rosa

o perforar agujeros de luz

en un costado de tiniebla.

 

Y es también trasbordar algo

en insensata maniobra

desde un barco inconmoviblemente hundido

a una navegación sin barco."

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