Bicicleta para tres

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Me había perdido en un barrio de casitas humildes y suelo empedrado. Intentaba encontrar entre aquellas callejuelas alguna que me llevara a las seguras avenidas del centro de la ciudad, pero cuanto más caminaba más perdida me sentía.

 

Una oleada de pánico se iba apoderando de mi estómago y empezaba a subir hasta inundar mi garganta. De vez en cuando aparecían jóvenes de vaqueros ceñidos, largos cabellos ensortijados y miradas torvas. El miedo me hacía entrever de vez en cuando reflejos metálicos en las manos de aquellos hombres, y me hacía apretar en un movimiento reflejo el bolso sobre mi costado, mientras procuraba componer un gesto despreocupado y valiente, porque en algún sitio había leído que el miedo se huele…y el desodorante hacía horas que posiblemente me abandonó.

 

—Zeñora ¿Nesesita ayúa?—me sobresaltó la pregunta de un rapazuelo de largo pelo enredado y ojos enormes.

—Si, chaval. No encuentro la calle que me lleve al centro.

—S´a perdío usté, zeñora, pero zi quiere, la yevo en mi bici.

—No- le dije, te sientas detrás y yo te llevo por donde tú me guíes.

 

El niño, de unos doce años, delgado aunque esbelto, pesaba lo suyo. Pero eso no fue todo. Pedaleé como un veterano rey de la montaña. Subí cuestas y más cuestas interminables. Aunque sudaba mucho, podía comprobar mi capacidad para realizar un gran esfuerzo, y más importante, sentir que ese esfuerzo tenía su recompensa, porque el aspecto de los barrios iba cambiando y sentía la proximidad de de un lugar seguro. De pronto, en una de las curvas, perdí mi bolso y no pude evitar una exclamación de susto. 

 

—¡Ay, mi bolso¡

— ¡Tía — exclamó el niño—Lo tengo yo, porque ze l´había caío! ¡No zoy un ladrón¡

—Perdona, chico—le dije mientras volvía momentáneamente la cabeza—creí que lo había perdido.

 

Al volver a mirar hacia delante me di cuenta de tres cosas: la cumbre de la cuesta se hallaba muy cerca, mis gemelos acusaban un peso adicional y un hombre estaba sentado en la barra de la bicicleta, es decir, un viejo muy viejo, silencioso y triste.

 

Ahogué un grito esta vez, y sin saber cómo, no sólo culminé la cuesta, sino que la bajé como una centella, y a partir de ahí, ya sólo fue bajar, bajar y bajar, a tumba abierta, como un ciclista profesional, chirriando las ruedas en las curvas, sin miedo, libre, oliendo la proximidad del océano y viendo las lucecitas multicolores de la ciudad.

 

Detuve la bicicleta, y cuando volví la cabeza para preguntarle al chico si quería una cena con una buena copa de helado de postre, no había nadie. Miré hacia delante. El viejo también se había esfumado. La bicicleta también. 

 

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